Sociedad y PolíticaTráiler de oficina con ventana rota, figura masculina y bandera Chile en ambiente corporativo.

En 1982, James Q. Wilson y George L. Kelling introdujeron la “Teoría de las Ventanas Rotas”. Su premisa era sencilla pero inquietante: si una ventana rota en un edificio no se repara, pronto todas las demás ventanas también estarán rotas. El desorden visible invita a más desorden, enviando la señal de que “a nadie le importa”.

Aunque la teoría nació en la criminología urbana, su aplicación más alarmante hoy no está en las calles, sino en los pasillos del poder. En política, las “ventanas rotas” no son cristales; son las pequeñas mentiras, los conflictos de interés “menores” y las promesas de campaña olvidadas. ¿Cómo es que estas pequeñas grietas terminan derrumbando la confianza en todo un sistema?

El Primer Cristal Roto: La Tolerancia a la Falta

En el ámbito político, el deterioro no comienza con grandes escándalos de corrupción, sino con la transgresión de normas aparentemente insignificantes.

Imaginemos a un político que incumple una promesa electoral bajo la excusa del “contexto económico”. Si no hay sanción social ni política, se rompe el primer cristal. Esto genera un precedente peligroso: la mentira se vuelve una herramienta aceptable de gestión. Como sugiere la teoría del comportamiento colectivo, la impunidad de uno invita a la imitación de los demás.

Aquí es donde entra el “voluntarismo” o pensamiento mágico: campañas diseñadas por equipos de marketing para satisfacer al elector-consumidor, sin sustento técnico. Cuando la realidad golpea y la promesa no se cumple, no es solo un error administrativo; es una nueva ventana rota que le dice al ciudadano: tu voto fue una transacción fraudulenta.

De la Anécdota a la Corrupción Sistémica

Lo que comienza como un hecho aislado puede metastatizar rápidamente. Michael Johnston, estudioso de la corrupción, advierte sobre la corrupción sistémica: el momento en que la falta de integridad deja de ser una excepción y se convierte en parte integral del sistema.

Pensemos en el funcionario que acepta un “pequeño favor”. Si sus colegas lo ven y lo toleran, se establece una nueva norma implícita. Es un efecto dominó. Ya no se trata de “manzanas podridas”, sino de un cesto que pudre a todo lo que toca.

Este fenómeno se ve agravado por lo que Elisabeth Noelle-Neumann llamó la Espiral del Silencio. En un entorno donde las faltas son la norma, aquellos que desean actuar con integridad o denunciar las malas prácticas suelen ser silenciados, aislados o ignorados por su propio bando. Vemos a diario cómo los partidos defienden a los “suyos” con un silencio cómplice, mientras atacan ferozmente las mismas faltas en los opositores. Esta hipocresía es, quizás, la ventana más rota de todas.

El Costo Final: La Apatía Ciudadana

La acumulación de cristales rotos tiene una consecuencia fatal: la desilusión. El ciudadano mira el edificio de la democracia, lo ve lleno de grietas y grafitis morales, y concluye que es irreparable.

Se instala la creencia de que “todos son iguales”. Esta apatía no es pasiva; es un mecanismo de defensa. Si el sistema es ineficaz y corrupto, ¿para qué participar? La baja participación electoral y el cinismo hacia las instituciones son los síntomas finales de un barrio político que ha sido abandonado por sus propios habitantes.

Reparando el Edificio: Responsabilidad Compartida

¿Cómo detenemos este deterioro? La respuesta fácil es culpar a los líderes, y tienen gran parte de la responsabilidad. Deben entender que su conducta ética es el “mantenimiento” del edificio. Sin embargo, los ciudadanos no son meros espectadores.

Nosotros, como electores, a menudo validamos las ventanas rotas. Cuando votamos por el candidato que ofrece soluciones mágicas pero inviables, o cuando defendemos al corrupto “porque es de mi partido”, estamos lanzando piedras contra nuestra propia democracia.

La reparación requiere una “higiene cívica” constante: premiar la integridad sobre la estridencia, exigir rendición de cuentas por las faltas pequeñas antes de que se vuelvan grandes, y sobre todo, no permitir que la costumbre nos haga creer que vivir entre ventanas rotas es lo normal.

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