Hace unos años, en una clase, un profesor me preguntó a qué me dedicaba. Le dije que era una especie de ninja: trabajaba en las sombras y era efectivo.
Me respondió que dejara de ser ninja y me convirtiera en samurái.
Me tomó tiempo entender la diferencia. Los dos son eficaces. Pero el trabajo del ninja puede negarse —incluso él puede negarlo— y por eso da lo mismo cuál de ellos lo hizo. El samurái hace lo mismo con la cara descubierta y el nombre puesto, y responde por el resultado.

Llevo casi veinte años siendo bueno en las sombras.
Empecé en 2007 editando contenidos sobre política agroalimentaria. Después vino el desarrollo digital, cinco años dirigiendo una agencia, la asesoría en un gobierno regional, la Cámara, y el Senado desde 2022. Parecen oficios distintos. Es uno solo: tomar algo que todavía nadie entiende —un proceso, un conjunto de datos, un argumento— y dejarlo en un estado en que alguien pueda decidir con ello. Casi siempre firmado por otro, y eso está bien: es el trabajo.
Pero de tanto estar al final de la cadena aprendí dos cosas que ya no quiero guardarme.
Que casi todo lo que parece un problema de personas es un problema de diseño. Los sistemas entregan exactamente aquello para lo que están construidos, que casi nunca coincide con lo que dicen buscar.
Y que en todo sistema hay un punto donde un empujón pequeño mueve el resto. Encontrarlo cuesta. Convencer a alguien de empujar ahí, más.
Escribo acá sobre eso: cómo se comporta lo que tiene muchas partes, cómo pensamos y con qué, y qué pasa cuando las reglas dejan de servir a quien dicen servir.
No publico seguido. Publico cuando la pregunta ya tiene forma.
Este sitio es, en buena medida, el trámite de salir de las sombras. Me tomó más de lo que esperaba.
Si quieres escribirme, el formulario está acá. Respondo yo.