No lo sé, pero sé cómo saberlo: Por qué tu cerebro no se está atrofiando, está evolucionando
Hace tiempo que vengo dándole vueltas a una idea que, superficialmente, podría parecer pesimista: el acceso fácil a tanta información ha cambiado radicalmente cómo pensamos. A menudo sentimos que nuestra memoria ha empeorado, que ya no retenemos datos como antes y que, si nos quedamos sin batería, nos quedamos también sin cerebro.
Es fácil caer en el pánico y pensar que la tecnología nos está volviendo estúpidos. Pero tras investigar a fondo lo que dice la ciencia —desde la neurobiología hasta la sociología digital—, he llegado a una conclusión diferente. No estamos ante un deterioro, sino ante una adaptación evolutiva bien interesante. Estamos reingeniando la arquitectura de nuestra mente para pasar del almacenamiento de datos al almacenamiento de accesos.
El mito de la “memoria de pez” y el ahorro de energía
Empecemos por esa sensación de que “ya no recordamos nada”. La ciencia confirma que no es solo tu impresión. Existe un fenómeno bautizado por los investigadores Betsy Sparrow, Jenny Liu y Daniel Wegner como el “Efecto Google”.
En su estudio ya clásico, descubrieron algo revelador: cuando las personas saben que una computadora guardará un dato por ellas, su cerebro automáticamente deja de esforzarse en memorizarlo. En cambio, si creen que el dato será borrado, lo recuerdan perfectamente. ¿Es esto pereza? No, es eficiencia pura. Nuestro cerebro es un “avaro cognitivo”; siempre busca ahorrar energía. Si el entorno (tu teléfono, la nube) garantiza el almacenamiento, el cerebro inhibe la codificación profunda del contenido para liberar recursos.
Lo interesante es lo que ocurre a cambio: aunque olvidamos el dato (el “qué”), recordamos con una precisión asombrosa la ubicación del dato (el “dónde”). No recordamos la capital de un país lejano, pero recordamos perfectamente en qué carpeta, app o búsqueda específica encontrarla.
Amnesia Digital: Limpiando la caché mental
Este mecanismo explica lo que empresas como Kaspersky Lab han llamado “Amnesia Digital”. Sus investigaciones muestran que una gran parte de nosotros —alrededor del 30%— olvida un dato encontrado en internet casi inmediatamente después de usarlo.
Visto desde la vieja escuela, parece terrible. Pero piénsalo así: el olvido no es un fallo del sistema, es una característica de diseño. Para aprender cosas nuevas y complejas en un mundo saturado de información, necesitamos olvidar lo trivial. Al confiar los números de teléfono y las fechas históricas a nuestros dispositivos, estamos “limpiando la caché” de nuestra memoria de trabajo para dedicar ese espacio a procesos superiores: analizar, conectar ideas y resolver problemas.
Tu cerebro en Google: Gimnasia para la corteza prefrontal
Aquí es donde la cosa se pone interesante a nivel biológico. Mucha gente cree que usar internet “atrofia” el cerebro. Sin embargo, estudios de neurociencia, como los realizados por Gary Small en la UCLA, han demostrado lo contrario.
Al observar la actividad cerebral con resonancia magnética, vieron que navegar por internet activa redes neuronales mucho más extensas que la lectura pasiva de un libro. Específicamente, se enciende la corteza prefrontal dorsolateral, el área encargada de la toma de decisiones complejas y el razonamiento. ¿Por qué? Porque navegar no es pasivo; es una toma de decisiones constante (¿hago clic aquí? ¿esto es relevante? ¿esto es basura?).
Claro que hay un precio. Al depender del GPS, por ejemplo, ejercitamos menos el hipocampo, la zona encargada de crear mapas mentales espaciales. Es un intercambio: perdemos capacidad de navegación espacial pura, pero ganamos agilidad en la gestión y filtrado de información rápida. Nuestro cerebro se está especializando, no apagando.
De la pareja a la Nube: La Memoria Transactiva Global
Para entender este cambio, me encanta el concepto de Memoria Transactiva. Antes de internet, esto ya existía en las parejas de toda la vida. Uno no necesita saber cuándo vence el seguro del coche si sabe que su pareja lo sabe. Se crea una mente compartida donde lo importante no es saberlo todo, sino saber quién tiene la pieza del puzle que te falta.
Internet ha escalado esto a nivel de especie. La red se ha convertido en nuestro socio transactivo universal, disponible 24/7. La memoria transactiva de la sociedad global nos permite acceder a más y mejor conocimiento del que cualquier humano aislado podría soñar. Cuando te conectas, no eres un individuo consultando una biblioteca; eres una mente conectándose a su lóbulo externo.
La Mente Extendida: Dispositivos como prótesis
Esto nos lleva a una idea filosófica potente propuesta por Andy Clark y David Chalmers: la “Mente Extendida”. Ellos plantean que las herramientas que usamos para pensar, si son fiables y están siempre accesibles, son literalmente parte de nuestra mente.
Su famoso ejemplo compara a Inga (que usa su memoria biológica para recordar una dirección) con Otto (que tiene Alzheimer y usa un cuaderno). Si el cuaderno de Otto cumple la misma función que las neuronas de Inga, ¿por qué discriminamos al cuaderno? Hoy, tu teléfono es el cuaderno de Otto. Cuando dices “no lo sé” pero lo encuentras en tres segundos, en realidad sí lo sabías, solo que el recuerdo estaba almacenado en silicio en lugar de en carbono.
El peligro de la ilusión (y por qué necesitamos expertos)
No todo es color de rosa. Este superpoder tiene una trampa: la “ilusión de conocimiento”. Estudios de la Universidad de Yale han mostrado que las personas que buscan información en internet tienden a creer que son más inteligentes de lo que realmente son. Confundimos “tener acceso al dato” con “comprender el dato”.
Aquí radica la diferencia entre un novato y un verdadero experto en la era digital. El novato hace una búsqueda rápida, se queda con el primer resultado y cree que sabe. El experto utiliza internet para verificar hipótesis, sabe filtrar fuentes y entiende que el algoritmo no es la verdad. La habilidad crítica hoy no es encontrar la respuesta, sino saber hacerle la pregunta correcta a la máquina, y para eso se requiere conocimiento consolidado.
Educación: La tubería es más importante que el contenido
Si aceptamos todo esto, la forma en que educamos y trabajamos tiene que cambiar. Seguimos evaluando a la gente como si estuviéramos en la Era Industrial, premiando la memorización de datos estáticos. Pero en la Era del Conocimiento, como bien dice el teórico George Siemens (padre del Conectivismo), “la tubería es más importante que el contenido dentro de la tubería”.
El conocimiento cambia tan rápido que lo que memorizas hoy puede ser obsoleto mañana. Lo valioso es la capacidad de construir y mantener esa red de conexiones (la tubería) que te permite actualizarte constantemente.
El futuro: Olvidar para aprender
Informes como el del Foro Económico Mundial sobre el futuro del empleo lo confirman. Para 2025 y más allá, las habilidades top no son “retención de información”. Son el pensamiento analítico, la resolución de problemas complejos y la flexibilidad cognitiva.
Al final, la capacidad de tener una buena memoria transactiva —esa habilidad de navegar entre tu cerebro y la red— es la competencia definitiva. Implica la humildad de aceptar que no puedes saberlo todo internamente y la destreza de saber encontrarlo externamente. Implica olvidar para aprender: tener la valentía de soltar lo que sabías ayer para dejar espacio a lo que necesitas saber hoy.
Quizás, después de todo, no nos estamos volviendo menos capaces. Quizás simplemente estamos aprendiendo a ser inteligentes de una forma en que nuestra mente se ha ampliado y conectado.

