Vivimos en un mundo que se siente cada vez más caótico, interconectado y volátil. Nuestra reacción natural es buscar claridad, poner orden, encontrar respuestas simples que disipen la niebla. Exigimos al pensamiento que nos entregue leyes claras y verdades absolutas. Pero, ¿y si esa misma búsqueda de simplicidad fuera la causa de nuestra ceguera? Edgar Morin, uno de los filósofos y sociólogos más influyentes de nuestro tiempo, desafía esta noción. Propone el “pensamiento complejo” no como una solución mágica, sino como una forma de navegar la realidad que es más honesta, porque reconoce la incertidumbre; más humilde, porque rechaza la omnisciencia; y más poderosa, porque nos prepara para lo inesperado.
¿Qué es la “Complejidad”?
Antes de sumergirnos, aclaremos un punto crucial. Para Morin, complejidad no es sinónimo de complicación. No se trata de un caos indescifrable. La complejidad es, en sus propias palabras, “el tejido de eventos, acciones, interacciones, retroacciones, determinaciones, azares, que constituyen nuestro mundo fenoménico”. Él mismo la define como una “palabra problema y no una palabra solución”. El objetivo del pensamiento complejo no es eliminar la simplicidad, sino integrarla, reconociendo su utilidad y sus límites. No rechaza el orden y la claridad, pero se opone a las “consecuencias mutilantes, reduccionistas, unidimensionalizantes y finalmente cegadoras” de un pensamiento que se niega a ver el tejido completo.
Las 5 Ideas para Transformar el Pensamiento
1. Nuestra Búsqueda de la Simplicidad Nos Vuelve Ciegos
Morin argumenta que hemos heredado una “inteligencia ciega”, un modo de pensar que nos incapacita para comprender el mundo en su riqueza. Este es el resultado del “paradigma de simplificación“, formulado por Descartes, que nos enseñó a conocer el mundo a través de la disyunción (separar lo que está unido), la reducción (explicar lo complejo por lo simple) y la abstracción (aislar un objeto de su contexto).
Esta forma de pensar, aunque ha permitido enormes avances, ha fragmentado el conocimiento en disciplinas que no se comunican entre sí. La física, la biología y las ciencias humanas operan en silos, incapaces de concebir el lazo que las une. Pero el error se agrava: intentamos remediar esta fragmentación con más simplificación. Como señala Morin, “la única manera de remediar esta disyunción fue a través de otra simplificación: la reducción de lo complejo a lo simple”, como reducir la biología a la física o lo humano a lo biológico. Esta inteligencia “destruye los conjuntos y las totalidades”, haciéndonos incapaces de ver las interconexiones que definen la realidad. Esta ceguera, advierte, conduce a errores y tragedias, desde políticas públicas que ignoran sus efectos secundarios hasta decisiones personales que no consideran el contexto.
La patología moderna del espíritu está en la hiper-simplificación que ciega a la complejidad de lo real.
Esta ceguera generalizada se manifiesta en dicotomías falsas que damos por sentadas, como la supuesta guerra entre el orden y el desorden.
2. El Orden Nace del Desorden (y la Vida de la Muerte)
Nuestra mente tiende a ver el orden y el desorden como dos enemigos irreconciliables. Morin nos muestra que esta visión es radicalmente falsa. En el universo, orden y desorden no solo coexisten, sino que cooperan para crear organización.
Pensemos en el origen del universo según la teoría del Big Bang: fue una desintegración inicial, una agitación calórica extrema, la que permitió que las partículas se formaran y se unieran. El cosmos se organiza mientras se desintegra. Lo mismo ocurre con la vida. Un organismo vivo se mantiene en equilibrio aparente gracias a un flujo constante de desequilibrio. Nuestras células mueren y se renuevan sin cesar; vivimos gracias a la muerte continua de nuestros componentes. Como decía Heráclito hace siglos: “Vivir de muerte, morir de vida”. Esta idea cura la ceguera que nos hace ver la creación y la destrucción como opuestos, revelando en cambio su danza compleja y productiva.
Vemos cómo la agitación, el encuentro al azar, son necesarios para la organización del universo. Podemos decir que el mundo se organiza desintegrándose. He aquí una idea típicamente compleja.
Así como el orden y el desorden mantienen una relación dialógica para crear la organización, la relación entre un sistema organizado —el todo— y sus componentes —las partes— es igualmente compleja y contraintuitiva.
3. El Todo es, a la Vez, Más y Menos que la Suma de sus Partes
Esta idea es una herramienta intelectual diseñada para ir “más allá del reduccionismo y del holismo”. Morin utiliza la metáfora de un tejido para explicar este principio dual que supera dos visiones opuestas pero igualmente erróneas.
- El todo es MÁS que la suma de sus partes: Una tela tiene propiedades que no existen en las fibras individuales que la componen. La organización de las partes hace emerger cualidades nuevas (textura, forma, resistencia) que no se pueden explicar analizando cada fibra por separado. Este es el antídoto contra el reduccionismo, que cree poder entender el todo estudiando solo sus componentes.
- El todo es MENOS que la suma de sus partes: Al mismo tiempo, la organización del tejido impone límites. Las potencialidades de cada fibra son inhibidas por la estructura del conjunto. Una fibra que podría ser extremadamente elástica es contenida por las otras. La organización coarta grados de libertad. Este es el antídoto contra un holismo ingenuo que solo glorifica al todo sin ver las restricciones que impone.
Este principio nos libera de la doble ceguera del reduccionismo (que solo ve los ladrillos) y del holismo ingenuo (que ignora el costo de la estructura), forzándonos a ver la tensión dinámica que constituye la realidad. Entender esta dinámica es crucial para comprender por qué nuestras intervenciones en sistemas complejos rara vez salen como esperamos.
4. Cada Acción es una Apuesta que se Nos Escapa de las Manos
Creemos que la acción simplifica. Morin nos advierte que esto es una ilusión. La acción no aclara el panorama; lo complica aún más. Él llama a esto la “ecología de la acción”: una vez que lanzamos una acción al mundo, esta entra en un universo de interacciones que están fuera de nuestro control. ¿Por qué? Porque el mundo, y especialmente los seres humanos y las sociedades, son “máquinas no triviales”: sistemas cuyo comportamiento no puede predecirse perfectamente, incluso conociendo todos los datos de entrada.
Nuestra acción puede ser desviada y, a menudo, volverse en nuestra contra, como un bumerán. Escapa a nuestras intenciones porque el ambiente “toma posesión” de ella. Por esta razón, no podemos confiar en un “programa” (una secuencia rígida de acciones), sino que debemos operar con una “estrategia” (un escenario que puede modificarse según los imprevistos). Este principio cura la ceguera que nos hace creer en la acción como un programa predecible, recordándonos que cada decisión es una apuesta en un mundo incierto.
En el momento en que un individuo emprende una acción, cualesquiera que fuere, ésta comienza a escapar a sus intenciones. Esa acción entra en un universo de interacciones y es finalmente el ambiente el que toma posesión, en un sentido que puede volverse contrario a la intención inicial.
Esta incertidumbre en la acción no se debe solo a la complejidad externa, sino a una propiedad estructural fundamental de cómo estamos constituidos nosotros y el mundo.
5. Somos Hologramas Vivientes: El Todo Está Dentro de la Parte
El principio hologramático es quizás una de las ideas más radicales de Morin. Generalmente pensamos que “la parte está en el todo”, pero la realidad es aún más extraña: el todo está también en la parte.
Dos ejemplos claros:
- Biológico: Cada célula de nuestro cuerpo, aunque es solo una parte infinitesimal de nosotros, contiene la totalidad de la información genética del organismo completo.
- Sociológico: La sociedad como un todo se inscribe y se imprime en cada individuo a través del lenguaje, la cultura y la educación que recibimos.
Esta idea se conecta con el principio recursivo: los individuos producen la sociedad a través de sus interacciones, y la sociedad, a su vez, produce a los individuos al darles una cultura. No hay una simple causa y efecto, sino un ciclo auto-organizador. Este principio cura la ceguera que traza una línea divisoria tajante entre el individuo y la colectividad, revelando una interconexión tan profunda que disuelve las fronteras que creemos ver.
No solamente la parte está en el todo, el todo está en el interior de la parte que está en el interior del todo.
La Incertidumbre como un Superpoder
El pensamiento complejo de Morin no es una receta para obtener respuestas completa. Es algo mucho más valioso: una invitación a pensar de una manera más rica y menos mutilante.
Nuestra ceguera ante la complejidad nos lleva a errores (Idea 1), ignorando que el orden nace de la interacción con el desorden (Idea 2) en sistemas donde el todo es más y menos que sus partes (Idea 3). Esta ceguera nos hace creer en la acción como un programa simple, cuando en realidad es una estrategia incierta (Idea 4) en un mundo donde el todo y la parte se contienen mutuamente (Idea 5). Abrazar la complejidad no nos dará la certeza, pero nos dará la lucidez. Nos libera de la tiranía de las respuestas fáciles y nos abre a la posibilidad de una comprensión más profunda y auténtica.
Si dejamos de buscar la respuesta simple y definitiva, ¿qué nuevas posibilidades podríamos empezar a ver?

